A nadie se nos escapa que la labor de una dirección no es una cuestión baladí. Aparte de las horas sin límite que se echan además de las oficiales, están los continuos problemas que hay que resolver, muchos de los cuales se llevan a casa; las continuas decisiones, muchas de las cuales no contentan a todos y otras muchas son incomprendidas; las continuas quejas de familias y compañeros y, también, las continuas peleas con la administración educativa, muy exigente para con las direcciones de los centros, echando siempre un poco más de peso sobre las ya de por sí sufridas espaldas del director o directora de turno, siempre también por el mismo sueldo y sin darte, casi, las gracias.
Una directora es la representante del centro ante la administración y la sociedad, pero también es la representante de la administración en el centro. Por ello me ha parecido un feo detalle por parte de la administración que nadie haya venido en representación de la misma a la jubilación de Marisol tras veinte años de trabajo al frente de un colegio. Igual estoy equivocado y para la administración un director o directora no vale lo que los demás consideramos que vale. Una pena, porque las direcciones son el alma de los centros. Habría que cuidarlas más. Y despedirlas oficialmente constituye un detalle que honra a una administración que reconoce el trabajo desempeñado. En mi modesta opinión, Marisol lo merecía.

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