Los que ya llevamos unos años en esto de la enseñanza recordaremos, sin duda, que en Educación Infantil y Primaria, antes de la jornada continua, dábamos clase en jornada de mañana y tarde. Justo unos años antes de aprobarse dicha jornada continua de forma generalizada, se permitió que los viernes la tuviéramos a lo largo de todo el curso, sin embargo, durante los meses de septiembre y junio, en todas las regiones dependientes del M.E.C. (Ministerio de Educación y Ciencia) y que, por tanto, no tenían competencias en materia educativa, la jornada no solo era continua, sino, además, reducida. Durante dichos meses, y con motivo de las elevadas temperaturas, las clases se impartían de nueve de la mañana a una de la tarde.
La llegada de la jornada continua nos metió un gol por toda la escuadra: durante todo el curso, incluidos los meses de septiembre y junio, las clases se impartirían de nueve de la mañana a dos de la tarde, lo cual suponía, en el cómputo global, aumentar una media de seis-siete días de clase el curso escolar. Nadie dijo nada ni se quejó, pues el caramelo de la jornada única era lo suficientemente atractivo como para fastidiar el invento con menudeces: se admitió "pulpo como animal de compañía"
Han pasado unos veintidós cursos de aquello y el cambio climático se ha obstinado en dar la razón a aquella planificación del calendario escolar que el antiguo M.E.C., con acertado criterio climatológico, según mi opinión, estableció durante muchos años para todo el territorio español: reducción de la jornada escolar durante los meses de más calor.
Cuando la canina aprieta en nuestra tierra, cosa cada año más frecuente, la Consejería de Educación y Empleo, muy lista ella, se ha sacudido el muerto de encima y se lo ha echado a los Consejos Escolares de los colegios e institutos a la hora de decidir si se reduce la jornada escolar: para eso sí tienen autonomía, porque es una medida un poco impopular y no se quiere cargar con la crítica de las familias; para otras cosas, la autonomía queda constreñida a cuatro decisiones de poca monta. Pero por mucho que lo vistan de autonomía, no parece muy equitativo que el alumnado pase más o menos calor en función de la decisión de un consejo escolar que, en algunos casos, decidirá según convenga.
Dado que esto del cambio climático parece imparable a corto plazo -igual no existe, como tampoco parece existir el coronavirus-, nuestra Consejería debe ser un poco más valiente y velar por el confort térmico de todo el alumnado y todo el profesorado: o invierte en mejorar las instalaciones escolares, cosa poco probable y, además, muy cara, o tiene que plantearse una jornada especial para los meses de junio y septiembre de cada curso escolar.
Ya sé que es difícil ponerse en la piel de otros mientras se está en el climatizado confort de un despacho, pero a los que mandan les pagamos precisamente para ello, para ponerse en el lugar de los que no tenemos esas comodidades climatizadas en nuestras aulas, comodidades que, curiosamente, en los despachos de todos los servicios administrativos complementarios a los colegios sí que disponen, incluso con carácter individual; pero claro, en esos despachos no hay alumnado. A la sazón, siempre me decía un amigo mío cuando observaba los aparatos de aire acondicionado colgando de las ventanas del patio de mi anterior colegio: "¿Ves todas esos aparatos en las ventanas? Pues en ninguna de esas estancias hay alumnado; solo uno o dos escribientes más frescos que una lechuga".
Tampoco parece importar mucho que no se cumpla el Real Decreto 486/1997, de 14 de abril, por el que se establecen las disposiciones mínimas de seguridad y salud en los lugares de trabajo -el papel lo aguanta todo- en el que se establece que "La temperatura de los locales donde se realicen trabajos sedentarios propios de oficinas o similares estará comprendida entre 17 y 27º C". Total, son maestros-as y niños-as que en dos o tres semanas se van de vacaciones... ¡Pero qué dos o tres semanas!
Lo cierto es que nunca tanto como ahora se ha necesitado de un poco de empatía térmica por parte de nuestros dirigentes educativos, empatía para refrigerar el calendario escolar.

Como siempre, genial.
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