lunes, 11 de julio de 2022

La inauguración

Todos portaban su invitación en la mano y la enseñaban en la puerta de la estación al segurata de turno, que les permitía el paso tras su exhibición:

Tras los consabidos saludos, genuflexiones y latigazos cervicales para recordar el rango de cada cual en la taxonomía social, los ilustres viajeros accedieron al andén del AVVE (Alta Velocidad Vertiginosa Extremeña). Allí se encontraba la flor y nata de nuestra región, invitada ex profeso para apoyar la inauguración del tinglado, con el fin de aunar voluntades y acallar las voces discordantes. Por el entorno sobrevolaba una milana a la que no se había llamado a filas por expreso deseo del mandamás y a la cual se mantenía a distancia para que no aguara la fiesta con sus atavíos.

Antes de subir al tren, el ilustre tuvo un recuerdo para el padre: "¡Qué pena que no esté aquí!; con lo que a él le hubiese gustado llevarse la comisión del evento... Pero la vida -dicen, pero no es cierto- pone a cada cual en su sitio y él ahora anda -es un decir- por otras latitudes".

La consorte se frotó reiteradamente las manos con gel hidroalcohólico y se ajustó bien la mascarilla, temerosa de contagiarse de nuevo de COVID al mezclarse con gente de cien mil raleas y de dudosa procedencia: es el riesgo que tiene bajar a la periferia.

El Pimpollo mantenía la compostura, conocedor de la ventaja física ante el calor que le proporcionaba su atlética complexión, sin un gramo de grasa, y repartía sonrisas llenas de dientes a diestro -las menos- y siniestro -casi todas-. Y sus sonrisas no eran tanto por educación como por el prurito personal que le producía el haber sido él el pseudoinaugurador tras las incumplidas promesas de sus antecesores: otra medalla más en su pechera. 

La hora, desde luego, no era la más adecuada dadas las elevadas temperaturas de la región, que parecían pugnar con la elevada velocidad, velocidad alta o altas prestaciones -cualquiera  desentraña esta suerte de galimatías- que se le atribuían al nuevo tren; por ello, los varones sudaban la gota gorda embutidos en sus trajes atemporales con las corbatas oprimiéndoles el cogote. Los que peor lo pasaban eran los de la papada prominente, a punto del colapso, empapados en ríos de sudor que, partiendo de sus sobacos, desembocaban directamente en la entrepierna, donde el algodón de sus calzoncillos hacía lo que podía por absorber el torrente. Se pueden imaginar los efectos sudoríparos en el terreno femenino. 

Ahora bien, quien peor lo estaba pasando era el prelado regional, ataviado con el traje de pastoreo, para el cual dispusieron una silla cuando vieron que su cara adquiría tintes amoratados bajo su solideo. Hasta hubo que apartar un poco al edecán que le sostenía el hisopo para la bendición, pues su oronda presencia subía medio grado la temperatura a su alrededor.

Así las cosas, fue un alivio el graznido del ave metálica que los animaba a dejar la calima de la estación y subir al confort térmico de su interior.

-¡Viajeros al trennnnn! -dijo algún gracioso parafraseando antiguas maneras, llevándose inmediatamente la reprimenda en forma de mirada circunspecta del jefe de protocolo de turno.

Los primeros cinco minutos de viaje fueron placenteros, pero recorridos unos veinte kilómetros de línea electrificada -o no-, el tren fue perdiendo fuelle y velocidad hasta quedar parado en medio de la nada, los motores apagados y sin aire acondicionado. A ello se le sumó la falta de previsión de los organizadores de dotar de agua fresca al convoy o, al menos, de abanicos serigrafiados recordatorios del evento para un eventual alivio.

Alguien juró en arameo olvidando la debida compostura que exigía el protocolo; algunos de entre la comitiva sufrieron un conato de desmayo, por lo que los teléfonos móviles comenzaron a hacer llamadas de socorro dada la emergencia de la situación. 

-Está visto que este tren quería vengarse del cachondeo que las autoridades han tenido con su construcción -dijo uno de los maquinistas.

-Les está bien empleado -apostilló el otro.

El autobús que los sacaría de aquel infierno hizo acto de presencia en menos que canta un grillo, pero, por más que lo intentó el conductor, no pudo llegar a pie de tren, y las ínclitas autoridades tuvieron que atajar por la trocha, salvando matojos, terrones resecos, hoyos, culebras y demás accidentes y fauna propios del terreno, que empolvaron sus zapatos, arañaron sus piernas y provocaron más de un susto y algún que otro esguince, amén, por supuesto, del padecimiento físico que impone el intenso sol de nuestra tierra a cualquiera, pero de forma especial a quien no acostumbra a pisarla. Ese sol que, como dice Serrat en su canción, por un día se olvidó que cada uno es cada cual.

-¡A quién coño se le ocurre inaugurar algo un dieciocho de julio! -creo que fue lo último que oí salir de la boca de algún arrimado al poder.

Y eso fue todo. Ya no puedo contar más porque me desperté muy sofocado por los agitados vaivenes del tren soñado, así como por las altas temperaturas nocturnas que nos ha traído esta última ola de calor. 

No sé si el prelado hizo uso de su hisopo, previsto para el final del trayecto, ni si hubo o no discursos. Lo que si sé es que el séquito volvió con "el rabo entre las patas", como vulgarmente se dice, probando la misma medicina que durante tantos años nos han hecho probar a los habitantes de esta tierra propios y extraños en lo que a tren, y a muchos otros asuntos que no son tren, se refiere. 

Damos, pues, por inaugurado el AVVE, aunque sea como animal de compañía. 

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