En el mercadillo político se pregonan a voz en grito las grandes ofertas del momento. La competencia es mucha y, aunque el precio del género ha subido en fábrica, los mercaderes ajustan a la baja sus márgenes de ganancia con tal de no perder -o incluso ganar- clientela.
-¡A leeeuro, a leeeeuro! -grita cada cual desaforadamente intentando elevar su voz por encima de los mercaderes de los puestos de al lado.
Tamaña competencia exige aguzar el ingenio y lanzar la oferta más audaz y arriesgada con tal de atraer la atención de los asombrados clientes, que no dan crédito a la ebullición reinante entre los vendedores de gangas, muchas veces tan inverosímiles que pareciera que intentasen venderte humo.
-¡Te bajo los impuestos, te bajo el IRPF, te hago un truco de magia, multiplico panes y peeeeeeeeces!
-¡Para los pobres traigo rebajas, que los ricos no se mereeeecen; a los pobres les vendo barato; a los ricos les subo con creeeeeeces!
-El IVA ya no lo notas, el IVA ya no declaras, el IVA lo pongo muy baaaaajo en los productos más necesaaaaarios!
-¡El dinero lo dejo en tus manos, conmigo el dinero lo sieeeentes; le pongo paga a tu madre y también a la vecina de enfreeeeente!
-¡Comedores escolaaaaares, ahora están rebajaaaados; y hasta las aulas matinaaaales están a precio de saaaaldo!
-Ya se pesca y se caza con un coste de cero eeeeuros; y si quieres te financiamos el coste de escopeta y peeeerro!
-¡Con la rebaja de la ITV puedes arreglarle los freeeenos y darle una mano de pintura a ese coche tan vieeeejo!
Los mercaderes engañan a diestro y a siniestro con sus ofertas fiscales, pero no enseñan la letra pequeña de las consecuencias a futuro de sus rebajas. Lo único que pretenden es la mayor captación posible de clientes en el presente de cara al próximo combate electoral, que se anuncia bronco. Los clientes, por su parte, se saben engañados, pero se dejan engañar con tal de retener un puñado de euros en sus bolsillos, pues su tacto metálico los reconforta. El futuro es incierto y más vale euro en mano que ciento volando en forma de servicios públicos de la tan cacareada sociedad del bienestar, que es un concepto intangible, deben ellos pensar.
Hasta los mercaderes más remisos a rebajar los impuestos han tenido que ceder ante el empuje de los que tiran literalmente las tasas por la ventana. Y es que a ver quién es el guapo que convence a la tropa de que las rebajas no son más que una cortina de humo para engatusar a propios y extraños y así acceder al poder.
Sólo algunos descarados gritan a la cara sus verdaderas pretensiones en tono de chascarrillo: "¡En Valencia engaño a los riiiiicos; en Madrid engaño a los pooooobres; engaño a las mujeres en Viiiiigo y en Cataluña engaño a los hoooombres!".
A este paso, en este patio de Monipodio en que se ha convertido la política, y dado que la competencia va in crescendo, no sería de extrañar no ya una rebaja a pérdidas de los productos ofertados, sino que los mismos se lanzaran al aire a rebatiña: sería la constatación irrefutable de que el libre mercado ha impuesto definitivamente sus leyes, que nadie sabe cuáles son, pero se entrevén.
-¡A rebatiña, a rebatiiiiiña, que se ha abierto la veda de las rebajas de impuestos; impuestos a medida para el niño y para la niiiiiña! ¡Vamos, chiquilla, que lo estamos regalando!
Y así transcurre el mercadillo de la política cortoplacista, barriobajera y ramplona a la que tan plácidamente nos hemos habituado.
¡Buena compra!

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