El balón parecía que había salido del campo cuando el bolchevique lo golpeó para que su compañero socialcomunista marcase gol. Los ultraderechistas protestaron enérgicamente porque ese gol, según su punto de vista, podía romper el país, sin especificar el número de trozos en que quedaría roto. No podía consentirse que unos vendidos al independentismo se salieran con la suya volviendo a meter en el terreno de juego una pelota que había traspasado todas las líneas, especialmente las líneas rojas separatistas, cometiendo un delito de sedición. Por eso se pidió rápidamente la intervención del VAR, que comenzó a valorar desde distintos ángulos la gravedad de los insultos que desde la bancada se lanzaban bolivarianos y nacionalcatólicos. Como el VAR tardaba en emitir su dictamen, estalinistas y franquistas continuaban su bronca, ya no por este lance concreto del juego, sino por toda la carga de despecho político que acumulaban en sus recámaras. La presidenta del Congreso llamó reiteradamente al orden a los jugadores, pero se ve, o que no tiene la suficiente autoridad, o que sus señorías no tienen la más mínima educación, o ambas cosas la vez. Por esto, cuando el VAR concedió definitivamente el gol, el abucheo ensordecedor de ambos bandos no fue tanto por el gol en sí como por la ley "del solo sí", la "no" renovación del CGPJ, la intención de reformar los delitos de sedición y de malversación, la libertad de las cañas de alguna, los muertos en la valla del otro, la ETA, Venezuela, el Prestige, las cremas de Cifuentes y hasta por la guerra de Iraq... Pero el VAR solo dio el gol, cuando debería haberles sacado roja fulminante al atajo de personajes sin educación y sin vergüenza que tenemos en el Congreso de los Diputados. Porque más que los y las representantes de la soberanía popular, estos energúmenos y energúmenas parecen auténticos hoolligans a tenor de las barbaridades e improperios que lanzan por sus bocas. Y parecieran estar en las gradas de un campo de fútbol, vociferando por una puñetera pelota que no se sabe si salió o no del terreno de juego -ni maldita la falta que hace saberlo-, que en el lugar donde se supone que se hacen las leyes para mejorar la vida de sus representandos. Porque, realmente, los ciudadanos de a pie estamos hasta el gorro de bronca, de "y tú más", de tener que elegir entre feminazis y cayetanos -según sus propias descalificaciones-, como si en nuestro país no hubiera más tipologías de personas o de ideas. Tan evidente es el asunto que hasta una docente jubilada ha iniciado una campaña en Change.org bajo el lema "Basta de insultos y violencia verbal en el Congreso: ¡TOMEN MEDIDAS YA!", la cual ha obtenido ya numerosas firmas de apoyo. Pero sus señorías parecen hacer oídos sordos al clamor popular que les invita a dejar el lamentable circo mediático en el que han convertido el Congreso de los Diputados en lugar de dedicarse a lo suyo, que es lo nuestro, lo de todos, porque para eso los elegimos y les pagamos. Y de paso podían aplicarse el VAR, porque igual están viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, que todo es posible.
Por cierto, que a muchos nos importa un pimiento si la pelota había salido del campo o si tal o cual estaba en posición de fuera de juego, pues el fútbol nos importa los justo; pero si hay que ser sinceros, la violencia que desata el fútbol es una insignificancia con el mal rollo y la polaridad que sus señorías están generando en nuestro país con sus insultos, bulos y mentiras.
¡Ya les vale!

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