jueves, 25 de julio de 2024

Cerdos en el cine

Sé que existen diferentes sistemas de evaluación del nivel educativo de un país, como pueden ser el informe PISA o las pruebas TIMSS o PIRLS que miden diferentes aspectos y conocimientos y su aplicación a la vida real. Yo, como no soy experto en evaluación, no voy a entrar en valorar el mayor o menor grado de fiabilidad de estos sistemas evaluativos generales. A mí me interesan más ejemplos mucho más pragmáticos, donde observo y saco mis propias conclusiones acerca del comportamiento del personal ante situaciones concretas de la vida real. Puedo pararme a observar cómo los dueños de los perros sacan a estos a defecar a la calle y un tanto por ciento elevado deja sus restos en plena acera, por lo que deduzco que son unos incívicos; también puedo ver cómo algunos conducen por la ciudad parándose donde les place, incluso en doble fila, sin poner intermitentes, insultando a los demás si estos les pitan recriminándoles su forma de conducir, por lo que concluyo que algunos son unos impresentables por mucho Mercedes que lleven entre las manos. En fin, es un método basado en la observación directa y que, aunque no tiene ninguna base científica, a mí me sirve para tomarle el pulso a nuestro nivel de educación. El otro día, por ejemplo, pude poner a prueba mi método en el cine. Fui a ver el estreno de "Fly me to the Moon" en una sesión nocturna. A mi alrededor había personas de todas las edades y condiciones y lo que observé en muchas de ellas me dejó sin ganas de asistir de nuevo a una sala de cine en una buena temporada. Mientras unos no le habían quitado el sonido a sus móviles y estos pitaban o vibraban repetidamente cuando les entraban mensajes de WhatsApp, otros los consultaban a cada poco, iluminándose las pantallas y haciendo que los demás apartáramos la vista de la película ante los destellos repentinos. Un grupito de adolescentes que se sentaban detrás de mí -ellas dirían detrás mía, pero no es correcto- se pasaron gran parte de la sesión cuchicheando, cuando no riéndose, por asuntos ajenos a la película, impasibles ante los continuos "chis" de algunos espectadores que les pedían silencio. Pero lo más molesto sin lugar a dudas fue el continuo mascar -porque decir masticar sería disminuir la intensidad del ruido que producían- de los distintos alimentos introducidos en el local: patatas fritas, palomitas de maíz y chucherías varias, así como el crepitar constante de las bolsas que contenían tales guarradas cuando introducían sus sucias zarpas en su interior. Los gruñidos eran tales, que por un momento pensé estar rodeado de cerdos que habían abandonado la dehesa para acudir a un estreno cinematográfico.

No me hizo falta mucho tiempo para sacar mis propias conclusiones acerca de la educación de muchos de los asistentes al evento: no creo que hagan falta informes PISA, pruebas TIMSS o PIRLS para dictaminar que muchos de ellos no eran más que unos guarros -creo que todos ibéricos-, por muchos títulos universitarios que tuviesen.

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