jueves, 4 de agosto de 2022

Las otras guerras

 


Decía Erich Hartman, parafraseando una cita de Paul Valéry, que “la guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”. Salvando las distancias, es un poco lo mismo lo que está ocurriendo hoy en día en redes sociales e incluso en la realidad del día a día: los políticos de turno han tejido tal maraña en torno a sus discursos ideológicos que pocos nos sustraemos de quedar atrapados en el odio y la polarización que los mismos destilan. Acomodando la frase de Hartman a nuestros días, podríamos decir que "la sociedad es un lugar donde personas que no se conocían ni se odiaban previamente comienzan a odiarse por culpa de unos políticos que se conocen y que quizá ni se odien".

En las guerras a las que aludía Hartman, poco o nada podía hacerse, pues el alistamiento para ir al frente de batalla no era una opción para aquellos jóvenes, que iban obligados por ley. Hoy en día, caer atrapado en las redes de los discursos del odio que emanan de la boca de muchos políticos tampoco parece ser una opción: la bien tupida red ideológica que extienden entre nosotros, fabricada a base de discursos populistas, apelación al fervor patrio y una amalgama de vertidos de mentiras a sabiendas de que lo son, hace irremediablemente caer en ellas a cualquiera. Y entonces la batalla está servida: amigos contra amigos, vecinos contra vecinos, familiares contra familiares que dejan de hablarse o discuten acaloradamente, cuando no llegan al insulto, o incluso a las manos, por defender unas supuestas ideas de unos señores -y señoras- que se frotan las manos ante el espectáculo que presencian sus ojos, satisfechos por la repercusión de sus palabras.

Lamentable. Lamentable los espurios procedimientos empleados que se emplean en política para conseguir los objetivos que se persiguen, que no son otros que alcanzar el poder y, por unos instantes, la gloria. Pero más lamentable es aún que, como ciudadanos medianamente formados -ya abandonamos hace años las terribles tasas de analfabetismo, al menos en nuestro país- caigamos atrapados por cantos de sirenas y terminemos enfrentados unos contra otros sin comerlo ni beberlo, sin poner entre comillas el contenido de los discursos con los que nos bombardean, sin analizarlos objetivamente, sin pasarlos por el tamiz de la crítica, sin devolver la piedra a su lanzador en una suerte de lapidación colectiva por la maldad que sale por sus labios.

Esta es una de las guerras que nos asolan a los países supuestamente democráticos: la guerra de la imposición de la supremacía ideológica a base del enfrentamiento social fomentado a través de los discursos de odio de muchos de los que quieren gobernarnos. No sé si aún estamos a tiempo de no alistarnos en ningún bando que use estos procedimientos y decir alto y claro que no queremos esta guerra.

Pero no es esta la única guerra sin armas que se está librando en el mundo. Los trileros en que se han convertido los poderes fácticos mundiales nos han embarcado en esta guerra ideológica, que también podríamos denominar de la mentira interesada, para tenernos enredados despellejándonos entre nosotros, mientras ellos ya se han lanzado a librar otras guerras que les supondrán suculentos beneficios a costa del sufrimiento humano: por un lado está la guerra energética, por el control de la producción y venta de la energía que nos enfríe, nos caliente, haga funcionar los motores de nuestras fábricas y mueva nuestros medios de transporte a corto y medio plazo; por otra parte está la guerra del agua, por el control, distribución y venta a precio de oro de un líquido elemento que comienza a escasear. Dos guerras sin cuartel en la que ninguno de los grandes magnates mundiales va a tener compasión con el género humano con tal de engrosar sus ya de por sí abultadas ganancias. Ya lo ha advertido António Guterres, Secretario General de la ONU, que ha declarado inmorales los beneficios de las energéticas, tachándolas de padecer de una avaricia grotesca por incrementar sus ganancias a costa de todo y de todos.

A pesar de ello, los habitantes de este triste mundo seguimos defendiendo a ultranza el a veces indefendible discurso de nuestro líder político de cabecera de turno, apasionándonos enfervorecidos por cuatro ídolos futbolísticos a los que hemos enriquecido desmesuradamente de nuestro bolsillo sin saberlo, derrochando agua y electricidad por llevar la contraria a quien nos recomienda mesura y yendo a misa a escuchar un predicamento completamente contrario a nuestra práctica diaria. Mientras, el planeta languidece fruto de nuestra tremenda indignidad como personas. 

1 comentario:

Prioridad nacional

  Si soy sincero, estoy deseando que se empiece a aplicar esto de la prioridad nacional en nuestro país. Y más concretamente este verano. No...